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PESCA EN TIERRA DE LA REINA

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Un día (y una lección de pesca) en el Yuso

Un día de pesca en el Yuso.

Dicen en mi tierra gallega que cada uno habla de la feria según le fue en ella. Quizás entre los tratantes de ganado este dicho sea acertado, pero creo que no se puede aplicar totalmente a la pesca deportiva. Considerando que lo vivido por mí el día que pesqué en el coto de Tierra de la Reina podría ser útil al lector, haré un breve resumen de esa experiencia personal.

Comenzó la pesca a las 07:20 de la mañana del 26 de julio de 2000. El río Yuso iba muy bajo y el tiempo estaba muy revuelto y frío, con una brisa cambiante que no auguraba nada bueno. Había cebas ocasionales en el pozo que elegimos mi compañero Jorge y yo. Jorge, cuya misión principal era fotografiar, tuvo que renunciar a las fotos lentas a causa del viento: los árboles salían movidos.

En los primeros diez minutos volteé seis o siete truchas de muy buena talla. Experimenté ralentizando o acelerando el clavado, pero los resultados eran los mismos: las truchas, cuando se clavaban -que no siempre-, se soltaban antes de los dos segundos. No creo que estuvieran selectivas; simplemente esa era su forma de tomar la mosca. Con la luz del día aumentó el viento, alternándose los momentos tranquilos y algo cálidos con las rachas de frío. La brisa complicaba la precisión en el lanzado, y en todo el día no efectué dos lances seguidos exactamente iguales: siempre compensando la deriva de la mosca en el aire abriendo o cerrando el bucle; acelerando o frenando la línea... Las truchas, a pesar del clima desfavorable, no dejaban de subir y alguna llegaba a mis manos. Eran truchas de talla pequeña o mediana, bravas y muy bonitas. No había truchas de talla en las aguas bajas, así que decidimos pescar directamente en los pozos, buscando las aguas lentas y profundas y los chorros de las cabeceras de buena profundidad. Pero seguía entrando trucha pequeña, y cuando las piezas grandes ceden sus pues tos de caza a las juveniles queda poco que hacer en cuanto a la calidad de las capturas. Sí, cayeron tres o cuatro próximas a los treinta centímetros, pero no las mayores de esta medida, y créame el lector que vimos muchas de ellas. No puedo decir que este coto no tenga truchas grandes, no. Y a las truchas les daba igual la talla de mi trico: tomaban igual de mal uno del 14 que uno del 18. Después de comer, volvimos a la tarea hacia las cuatro de la tarde. El viento arreció de tal manera que el agua en las cascadas se volvía hacia atrás -¡lo juro!-; hice varias capturas pescando con la técnica del dapping, y hubo momentos en los que era imposible posar la mosca en el agua. Si volaran vencejos, seguro que habría pescado muchos.

No obstante, seguían subiendo truchas, pero menos y más pe queñas que por la mañana. Recorrimos la práctica totalidad del coto saltando de pozo en pozo, de chorrera en chorrera. Como colofón -lo imaginará el lector- no hubo sereno.

¿He tenido un día bueno o malo?. No sabría decirlo. Las truchas tomaban la mosca muy mal, pero las subidas animaban mi esperanza de clavarlas. Vi muchas truchas grandes que me desdeñaron a mí y a mi mosca. Vi flores muy hermosas que nunca había visto. Admiré constantemente la pureza de las aguas y la vida que albergaban. Relajé mi vista oteando impresionantes roquedos en la lejanía. No fue un día malo.

Dos días después, en una hora de pesca a quince minutos de mi casa, clavé -y toqué- quince espléndidas truchas que ya hubiera querido tocar en el Yuso. Un amigo me dijo con sorna: -Pues anteayer hiciste 400 kilómetros para pescar mucho menos.

Pero yo me mantengo en mis trece: ¡mereció la pena!

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